El pasado día 5 de mayo tuvo lugar en Bruselas una nueva reunión para tratar los avances en la política europea de infraestructura verde, organizada por la Comisión Europea, el Comité Económico y Social, el Comité de las Regiones y los grupos de trabajo de cambio climático, desarrollo sostenible y medio urbano del parlamento europeo. Entre los participantes, además de representantes de las instituciones citadas, hubo presentaciones de algunas de las actuaciones que se están desarrollando en algunas regiones europeas, así como un representante del Banco Europeo de Inversiones (el cinco por ciento de todos los fondos europeos se destinarán directamente a financiar este tipo de proyectos) Solamente esta relación de asistentes demuestra la importancia que en el futuro de Europa y de sus acciones van a tener estas curiosas infraestructuras, mal llamadas, según algunos, verdes. Dicen que mejor sería denominarlas, como mínimo, verde-azules. Pero ¿qué son en realidad las infraestructuras verdes? Pues son la puesta en valor de las más antiguas infraestructuras de la historia, aunque pensemos que acabamos de inventarlas, y que, como de tantas otras cosas, solo nos acordamos cuando truena.
Desde un punto de vista técnico, se trata de resolver los problemas habituales de cualquier sociedad utilizando los sistemas naturales en lugar del hormigón, el asfalto o el PVC, por poner algunos ejemplos. Cuando los romanos llegaron a Valencia no eligieron el sitio al azar. El río les servía de vía de comunicación y transporte, al tiempo que les suministraba agua. Junto con un entorno fértil y un mar también próximo les facilitaba alimentación. Y protección. Y si el río crecía estaban a salvo, como se demostró en el 57. Es decir, tenían infraestructuras facilitadas por la naturaleza. Luego crecimos, nos desarrollamos, inventamos la manera de resolver nuestras necesidades cada vez con más capacidad y rapidez, urbanizamos lo inundable, cubrimos los barrancos de edificios, cortamos montañas por en medio para circular más rápido y arrasamos con cualquier recurso que se pusiera a nuestro alcance, hasta darnos cuenta de que estábamos acabando con el planeta (Solemos olvidar que eso nos incluye a nosotros también)
A finales de los años 90 comienzan los ingenieros norteamericanos a plantear otras formas y sistemas para solucionar los servicios urbanos, iniciándose la manera de resolver los drenajes sin la evacuación inmediata de los efluentes pluviales. Además, les preocupaba el derroche de agua potable y los problemas de contaminación de los acuíferos y aguas superficiales. Toda una legión de ingenieros se puso manos a la obra en todas las grandes y no tan grandes ciudades, apoyados por la Agencia Nacional de Protección Ambiental. Hoy en día no hay ciudad en Norteamérica que no disponga de su plan de infraestructura verde para la gestión integral del agua. Utilizando sistemas tan naturales como las cubiertas verdes, los aljibes privados, la permeabilidad de pavimentos, la regeneración natural de cauces, la reutilización de las aguas grises, etc., han conseguido importantes ahorros económicos y, como luego veremos, además, grandes beneficios ambientales
Sin embargo, un siglo antes, a finales del XIX los paisajistas ya lo habían puesto en práctica. Olmsted, maestro de maestros de la arquitectura del paisaje, utilizó sistemas de drenaje sostenible en Nueva York, sistemas de gestión y laminación en Boston y sistemas de fito-depuración en Washington. Y en Filadelfia ya tenían a finales del siglo XVIII un parque de más de once millones de metros cuadrados para beneficio de la salud de sus ciudadanos. Pero los ingenieros tomaron el mando y lo olvidaron, pues era, y sigue siendo más sencillo, acudir a los modelos matemáticos que a la no siempre tan exacta naturaleza. Afortunadamente, las cosas comienzan a cambiar. Hace unos días un directivo de Arup, una de las ingenierías más grandes del mundo, con más de diez mil empleados, se preguntaba si en Gran Bretaña los alumnos de ingeniería estaban recibiendo la formación adecuada para los nuevos tiempos, refiriéndose precisamente a las infraestructuras verdes. La respuesta era que no.
La gran diferencia entre las infraestructuras tradicionales y las verdes es su capacidad para funcionar aún cuando no lo estén haciendo en aquello para lo que fueron diseñadas, cosa que no ocurre con las infraestructuras grises. Por ejemplo un sistema de drenaje. Veámoslo:
Hace unos meses leíamos un comunicado del Ayuntamiento de Valencia en el que decía que los sistemas de drenaje urbanos habían evacuado sin problemas más de un millón de metros cúbicos de agua en apenas dos horas, tras unas lluvias de poco más de veinte litros por metro cuadrado. Se ponía así en valor una inversión en el sistema de más de cuatrocientos millones de euros. Es una buena noticia. El sistema funciona. Nada que objetar. Unos meses después leemos también que la ciudad bate records históricos con las temperaturas más altas jamás registradas en un mes de mayo. Insufrible y dañino física y mentalmente. Realmente insoportable.
Ahora supongamos que la ciudad dispone de una infraestructura verde para la gestión de pluviales. Cubiertas verdes capaces de retener lluvias de hasta sesenta milímetros; aceras y calzadas permeables; jardines y medianas con sistemas de retención y laminación, etc.
Supongamos además, que la ciudad dispone de una completa infraestructura verde formada por el arbolado viario, es decir, árboles de los de verdad en todas las calles, con especies adecuadas al ancho de todas las calles (no de sus aceras).
Y ahora pensemos en que la evaporación de un litro de agua elimina 850 calorías del ambiente, que un árbol normal transpira unos cuatrocientos litros de agua al día y que una buena parte de ese millón de metros cúbicos de agua evacuados se hubieran quedado en el suelo a beneficio de la infraestructura verde arbórea. Casi mil millones de litros de agua. Como si la ciudad dispusiera, ¡gratis! de la mayor máquina de aire acondicionado del planeta. Precisamente nos encontramos en ese rango de temperaturas en que el ejemplo citado transforma lo insufrible en confortable. Desgraciadamente, donde son habituales temperaturas entorno a los cincuenta grados centígrados, poco más pueden hacer que esconderse durante el día. Pero aquí, en nuestras ciudades, ese descenso que puede alcanzar hasta diez grados, es la diferencia entre lo molesto, dañino e insalubre y la confortable y sana habitabilidad de la ciudad.
Pero no nos hagamos ilusiones. Se acaba de re-urbanizar el barrio de Ruzafa, con una inversión de quince millones de euros. Toda la urbanización del barrio descansa sobre una impermeable losa de hormigón sin solución de continuidad. Y lo mismo con la recién terminada obra en la calle de Felix Pizcueta, que se supone que es el ejemplo a seguir en el primer ensanche.
Lo curioso es que la Comunidad Valenciana fue una de las primeras regiones de Europa en disponer de una estrategia de infraestructura verde. Parece evidente que la distancia entre quienes la redactaron y quienes deberían aplicarla es todavía insondable.
Además, como decía más arriba, lo mejor de esa supuesta infraestructura verde es que sigue trabajando aunque no llueva: filtra contaminantes, reduce los consumos energéticos en más de un cinco por ciento, dobla la vida de cualquier cubierta, captura CO2, produce oxígeno, amortigua cambios bruscos de temperatura, sigue refrescando cuando calienta el sol, reduce el ruido, etc. Y todo eso en beneficio de una sociedad que padece altas cotas de calor, ruido y contaminación. Realmente los beneficios de las infraestructuras verdes son inmensos. Parece mentira que no nos hayamos enterado aún.
Su contribución va más allá de las infraestructuras duras. También aportan una gran ayuda a las infraestructuras blandas imprescindibles en cualquier sociedad: educación, cultura y salud. No existe, por ejemplo, mejor herramienta para la mejora de la salud pública, con mayor rendimiento social, económico y ambiental, que las infraestructuras verdes.
Los problemas para su aplicación, que son similares en todas partes, son básicamente dos: las reglas y las actitudes. Las administraciones necesitan cambiar sus protocolos de actuación. Los técnicos de jardines colocan árboles donde les dicen los técnicos de tráfico. Sin un análisis de la anchura de la calle, de la distancia ente alcorques o de las necesidades ambientales. Y así no puede funcionar la estructura de arbolado. Los técnicos hidráulicos diseñan las redes de drenaje exclusivamente con los modelos de impermeabilidad total. Los técnicos de las confederaciones hidrográficas deben resolver los problemas de inundaciones con modelos estrictos de cauces teóricos. Pero si se les ocurre hacerlo de otra manera, con sistemas naturales, se arriesgan a recibir demandas por daños que pocos jueces sabrían resolver. Y si unos vecinos reclaman obras para evitar repetidas inundaciones, el alcalde sería incapaz de convencerles diciendo que se están ajardinando las cubiertas para evitarlo. Un responsable de salud pública maneja perfectamente sus herramientas, sus campañas de vacunación y sus datos epidemiológicos. Y es muy probable que sepa que el verde es su mejor aliado urbano. Pero no puede incorporarlo fácilmente a las estadísticas y datos de coste-beneficio. No son problemas fáciles de resolver. Aunque ya hay algunos modelos para el cálculo con estos sistemas, no están suficientemente reconocidos a nivel legal como para que un técnico de una administración pueda ampararse en ellos en el caso de que haya problemas o demandas por medio.
Y en cuanto a las actitudes, que tiene mucho que ver con la formación, también existen graves problemas a la hora de actuar. Por una parte la formación, que citaba el directivo de Arup. Por ejemplo, una cubierta verde es compleja de diseñar si se quiere que funcione adecuadamente. Depende de muchas cuestiones estructurales, ecológicas, ambientales, geográficas, funcionales, etc., que hacen optar por otras soluciones más controladas y utilizadas con éxito en anteriores ocasiones. Estas tensiones obstaculizan la necesaria transversalidad en este tipo de proyectos. Es muy difícil para nuestros técnicos aceptar que deben resolver los problemas con herramientas que son las habituales en otras disciplinas, cuyos profesionales saben usarlas para otros menesteres pero no para resolver lo que sí que sabe resolver el primero de ellos. No es tan solo trabajar en equipo. No se trata de que cada uno redacte su capítulo y luego se encuadernen juntos dando lugar a un proyecto. Es un cambio radical en nuestra manera de trabajar. Algo muy complicado en un país donde lo primero que aprende un estudiante de una carrera técnica son las atribuciones exclusivas de las que disfrutará cuando acabe. Y así no vamos a ninguna parte. Y no nos podemos perder el tren de las infraestructuras verdes. En Bruselas nos esperan para tomarlo.
Valencia, mayo 2015