Paisaje ordinario
El Paisaje es una de esas cosas que, por mucho empeño que pongamos, nunca podremos definir. No pertenece al mundo real, al mundo de los objetos y de los fenómenos; al mundo físico. Cualquier intento de sistematizarlo lo aleja más de nosotros. Es, como diría el poeta, lo que tiene de invisible lo visible.
Sin embargo, dentro del amplio y vasto conjunto de las cosas que no son cosas, de las que pueden hacer correr ríos y ríos de tinta sin más consecuencias que la aparición de más ríos de tinta, es de esas en las que la idea que de ella se tenga puede, además de generar más ríos de tinta, afectar a nuestra vida más íntima.
Somos, en buena medida, consecuencia de lo que nos rodea y, así como nosotros tratemos nuestro entorno, así será nuestra vida. La búsqueda de métodos objetivos para convertir en mesurable la irrealidad del paisaje nos lleva, irremediablemente, a un entorno cada vez más doloroso.
Querer hacer de un sentido íntimo un sentido común es una práctica perversa y equivocada. Los paisanos hicieron los países, y de pintar países surgió el paisaje, como concepto e, incluso, como palabra. Sin su participación cualquier valoración con intención de decisión inmediata o futura es un homicidio; por imprudencia temeraria, vale, pero homicidio al fin y al cabo.
Ellos son los autores del paisaje observado desde hace muchos siglos. Hasta podría decirse que son los propietarios de los derechos de autor de lo que ahora llamamos paisaje, y que tanto admiramos y queremos conocer.










