7 February 2012

Jardines Ordinarios

Los jardines anónimos, también conocidos como ordinarios

Son los que tenemos más cerca, los que más usamos y los que más directamente benefician nuestros urbanos intentos de bienestar. Sin embargo, a pesar de su importancia, casi nunca salen en las revistas, casi nunca se llevan premios y ni siquiera, por no saber, ni saben lo que significa eso de los galardones FAD. Pero aún en su ignorada importancia, en su uso agotador y en su sufrida indiferencia por parte de la tontería oficial, nos esperan a diario, incluso aunque no les llevemos el perro, ni nadie de alta alcurnia los inaugure con gran alboroto y frenesí.

Casi nunca llevan una firma de gran prestigio del mundo mundial, sino que son resueltos por los propios técnicos municipales, por los agentes urbanizadores en sus obligaciones dotacionales, o por quienes sin mucho prestigio, pero también sin desprestigio, disfrutamos con estas obras, pequeñas en sus economías, pero muy gratificantes en sus resultados. Porque aunque anónimo signifique oficialmente que se trata de obras en las que no aparece la firma del autor (cuánto podríamos hablar acerca de las firmas que se ven más que la obra en sí) en este caso no es por falta de vanidad ni de exceso de humildad por lo que no aparece la firma, sino, sencillamente, porque no cabía en el presupuesto.

Por eso, cuando leemos acerca de los grandes parques que se construyen en algunas ciudades de nuestro entorno, con superficies de varias hectáreas, y dotaciones de ejecución que llegan a superar los 300 € por metro cuadrado (modificados y liquidaciones al margen) no deja de ser una buena oportunidad el enfrentarse al reto de resolver conjuntos de pequeños jardines que apenas pasan de los mil metros cuadrados, y a veces ni eso, separados entre sí lo suficiente para dificultar aún más su ejecución, y que no pueden pasar de los 60 €/m2 de gasto. ¡Y encima en ese dinero hay que incluir el IVA, la redacción del Proyecto y del Estudio de Seguridad y Salud y la Dirección de Obra!

Los jardines anónimos, también conocidos como ordinarios

Los jardines anónimos, también conocidos como ordinarios

El caso que aquí nos ocupa, es la adecuación de siete pequeños espacios intersticiales, construidos en su día sobre los escombros con los que se rellenaron los huecos entre los edificios de viviendas, sin que nadie se ocupara mucho de ellos ya que formaban parte de un barrio de esos que antes llamaban “de viviendas sociales”. La plantación de algunos árboles indestructibles, que parecen capaces de sobrevivir hasta en un conflicto atómico, como olmos y falsas acacias, completó el jardín original. Tras muchos años de abandono, entre otras cosas porque ya no nos acordamos de las prioridades que tenían que atender hace treinta años nuestros arruinados ayuntamientos, les llega el turno de su rejuvenecimiento, remodelación o reinvención, como cada cual quiera decirlo, o entenderlo.

El primer problema con el que nos encontramos es ya una prueba de sexto grado superior: solo hay sesenta euros para cada metro cuadrado, y se debe incluir todo, absolutamente todo, en ese importe. Teniendo en cuenta que se trata de siete pequeños jardines, y que la ley obliga a su vallado durante el periodo de obras, por la más elemental seguridad, solo con ese vallado ya se duplicaba el teórico presupuesto de seguridad y salud. Aún así, nos encontramos antes de empezar con dos problemas aun más graves: la total ausencia de suelo, por el tipo de relleno ya comentado, y la presencia de aquellos árboles supervivientes, que aunque presentaban la mayoría de ellos un lamentable aspecto vital, era la única sombra y el único verde que los vecinos tenían a su disposición, y que, además, no parecía políticamente muy correcto la tala de todos ellos, por enfermos y peligrosos que resultaran. La consecuencia de mantener un número mínimo de ejemplares, para su posterior renovación en años posteriores tras el desarrollo de las nuevas plantaciones, planteaba un serio inconveniente: con un solo árbol que se dejara por jardín, era absolutamente imposible cualquier trabajo de renovación de los rellenos sin destruir gran parte del dañado y superficial sistema radical de los árboles. Y sin una mejora de los suelos, las nuevas plantaciones de árboles sufrirían las mismas limitaciones que habían sufrido los árboles que ahora se jubilaban.

La única opción era mejorar el suelo existente, sin retirarlo, por medio de aportes de una mezcla muy rica en arena y sustratos muy ácidos, capaces de neutralizar los altísimos niveles de ph del suelo existente, y de ir creando con el tiempo unas mínimas condiciones de subsistencia. Además, se debería apoyar el sistema con una red que aportara el agua en profundidad, para conducir a las raíces hasta las capas más profundas, es decir, hasta los perfiles previos a los rellenos actuales, donde encontrarían mejores condiciones de humedad y alimentación. Por esta razón, y aun a pesar de las dificultades presupuestarias, la mayor inversión es la que no se ve, pero la más necesaria para intentar recuperar los jardines con un mínimo de garantías de futuro.

En la zona existe un déficit hídrico de unos 400 Mm. /año, por lo que es necesario un aporte de agua en los jardines. Un inciso: el día que en nuestras ciudades compactas, densas, calurosas y contaminadas, dejemos de regar los jardines porque hay que ahorrar agua, nos moriremos asados y asfixiados, antes incluso de que se acabe el agua. Y si seguimos construyendo “cero jardines” autóctonos sin mantenimiento, y sin transpiración, nos moriremos igualmente, ante el jolgorio de las lagartijas y escorpiones que son los únicos posibles usuarios de este tipo de jardines. Es bastante más inteligente empezar a reciclar con seriedad y prontitud las aguas depuradas, como muy  bien sabe e insiste nuestro colega y sin embargo amigo del Ayuntamiento de Alicante, Manuel Martínez Marhuenda. Y de paso ahorraríamos una fortuna energética en máquinas refrigeradoras del aire, que sí que son un derroche ecológico brutal. La naturaleza inventó los aparatos de aire acondicionado mucho antes que los americanos, y los llamó “árboles frondosos”.

El caso es que con el habitual optimismo que nos impulsa en nuestro diario devenir, y conscientes de que muy pronto regaremos con estas aguas, evitamos el uso de aspersores y difusores para burlar la transmisión de enfermedades bacterianas por medio del sistema de riego, aunque algunos sigan empeñados en regar por aspersión con aguas no potables. Así que aprovechamos el poco relleno que podemos aportar al suelo para instalar una red de goteo enterrado, controlado por un sistema vía radio, ya utilizado en otros jardines de la misma zona. Aunque el sistema es caro con respecto al presupuesto total disponible, es indispensable para rentabilizar la inversión. Poder controlar riegos largos y espaciados, lógicamente sin césped en la superficie, mejora el enraizamiento y el anclaje de los árboles, evitando de paso su caída por vendavales. Y una buena capa de mulch nos sirve de trasmisor de la humedad del suelo hacia la superficie, mejorando el confort del ciudadano usuario de los jardines.

El resto de las actuaciones se limitaron a acondicionar el tránsito y las zonas de estancia con una mínima capa de hormigón cuyo acabado superficial debía sustituir a cualquier intento de pavimento. Y disponer el nuevo arbolado con algún mínimo derroche en arbustos y tapizantes que no requirieran mucho cuidado y tuvieran claras las condiciones a las que se iban a enfrentar, pues no hay imagen más triste en un jardín que la de las plantas lloriqueando porque nadie les lleva chucherías.

Y eso es todo. Ahora los vecinos se pueden sentar a la sombra de un árbol, oliendo a madera mojada y sin necesidad de sacar la barca o las botas de pescar para cruzar el jardín cada vez que llueve.

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